El cuerpo grita lo que la boca calla (una historia verdadera) - Psicóloga Luz Marina Hoyos Duque
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El cuerpo grita lo que la boca calla (una historia verdadera)

El cuerpo grita lo que la boca calla (una historia verdadera)

Lo hemos escuchado tantas veces, por las redes recibimos  textos que nos lo recuerdan una y otra vez: el cuerpo grita lo que la boca calla,  muchas personas lo reiteran a voz en cuello, no desde la vivencia, sino  desde el discurso. Los terapeutas, psicólogos, médicos, psiquiatras, analistas lo evidenciamos con nuestros pacientes. A veces con una  contundencia tal que la respuesta nos deja perplejos. Y así quedé después  que atendí a Leonardo.

La tarde estaba lluviosa, en la sala de espera de mi consultorio se encontraba Leonardo, lucía cansado,  recostado sobre la silla como si viniese de un prolongado viaje, con el rostro apretado como un puño. Cualquiera diría que tenía  pocos deseos de hacer  amigos. No era cierto, su rostro hablaba de padecimiento, de un dolor punzante que como  un electrochoque se instalaba en el lado izquierdo de su cara  y se extendía  a los ojos, los senos paranasales,  la boca y llegaba  hasta el cerebro. El dolor podía durar segundos, minutos o morder de manera constante. El hombre me miró suplicante.

Había hablado con Leonardo antes de llegar al país, aprovechó su visita a la ciudad para trabajar un asunto que le venía perturbando por veinte años.  Su caso era un desafío para mí como profesional, Leonardo había hecho terapia psicoanalítica por diez años, había buscado solución  a su mal en la medicina alopática de la mano de su hija,  una distinguida neurocirujana de su país. Leonardo pasó por exámenes periódicos de sangre, resonancias magnéticas de la cabeza, pruebas de reflejos. Todo conducía al mismo lugar: anticonvulsivos, relajantes musculares, antidepresivos tricíclicos, que no  reducían el dolor, ni  el ritmo de los ataques. Los episodios dolorosos de la neuralgia continuaban desencadenándose por actividades rutinarias  y comunes, como cepillarse los dientes, masticar, beber, comer, tocarse la cara,  afeitarse o solo respirar. ¿Podría yo darle alguna esperanza a Leonardo?

La historia clínica de Leonardo empezó a revelarme información, a darme pistas que  intuitivamente me llevaron a pensar dónde podría estar la respuesta. No obstante, la respuesta no está en lo que la terapeuta crea o intuya, está en lo que resuene en la psique del paciente.  En el proceso Leonardo como un niño inocente empezó a caminar por su psique, los años de infancia al lado de su padre, desplazándose por la pampa a caballo sintiendo que la libertad se le metía por el cuerpo y que una fuerza desconocida le decía que sería un guerrero. El colegio, las pilatunas con sus amigos cuando se metían a la sacristía a robarle hostias al padre Martín. Noelia, su primer amor de verano, vestida siempre de rosado. Su matrimonio con Elisa  y el regalo que la vida le tenía,  el advenimiento de sus tres hijos… y luego la catástrofe,  su separación…

“…los dejé solos,  me subi a bordo de un nuevo romance y no los volví a ver. Me olvidé por algunos instantes de ellos, de que eran mi razón de ser, y fue allí que mi hijo Martín se mató.  Montado en su moto salvaje derrochaba velocidad por una vía peligrosa, creo que no le importaba nada, y nos dejó, me dejó con este dolor insoportable que me rompe y me traspasa el alma, se fue para siempre. Su cuerpo en la morgue era irreconocible. Nunca me lo perdoné, en ese momento fui un mal padre,  si yo hubiese estado allí, si lo hubiese protegido, si hubiese sentido mi presencia, si… Leonardo no pudo más, se quebró,  lloró como un crío, como jamás se lo había permitido…

Puse al alcance de Leonardo los recursos necesarios para soltar, para dejar atrás sus culpas y remordimientos,  para posibilitar una reconciliación del dolor de un padre arrepentido,  con ese hijo ausente que aún lo habitaba,  con una culpa que le mordía el alma, la conciencia…

Leonardo y su sabiduría personal le permitieron dar el salto a la sanación. Antes de salir de la consulta  con los ojos anegados en llanto me dijo: “me siento raro, sin dolor, es como si hubiese soltado un adversario lejano, como si  me hubiesen sacado una lanza que tuve por veinte  años.

Es como si hubiese traído de regreso a mi hijo del cielo, como si hubiese pasado un rato con él, sentí que lo abracé, lo besé, que escuché su voz nuevamente. Pude pedirle perdón, decirle de nuevo te quiero, te extraño, te amo con todo mi ser, siempre te querré.

 

 

 

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