Cuando te duele ser psicóloga - Psicóloga Luz Marina Hoyos Duque
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Cuando te duele ser psicóloga

Cuando te duele ser psicóloga

El encuentro con un paciente por lo regular es un viaje maravilloso, una puerta que se abre hacia una nueva alma, a una manera diferente de leer la vida. Y por supuesto que ese ser viene cargado de angustia y dolor, no obstante, la posibilidad de movilizar su potencial y su desasosiego hacia sus recursos es un viaje sorprendente que nos permite crecer a los dos. Así que cada encuentro me llena de ilusión, curiosidad y alegría.

Siendo este un caminar gozoso, algunas veces ha tocado a mi puerta alguna angustia que me excede. Un momento difícil, muy difícil que aún hoy se me anegan los ojos cuando lo recuerdo fue caminar al lado de aquella paciente sueca a la que llamaremos Rosa, fue algo difícil verdaderamente difícil. Rosa era una mujer encantadora, elegante, distinguida políglota, hablaba ocho idiomas, rondaba los 65 años, había llegado a Colombia hacía más de tres décadas y su neurólogo dos años atrás le había diagnosticado la temible enfermedad del olvido: el Alzheimer, fue éste precisamente su neurólogo quien me la remitió.

Las citas para Rosa eran siempre solicitadas por la asistente privada del esposo de Rosa. Rosa llegaba siempre a consulta escoltada por dos enfermeras que casi querían caminar por ella, la cuidaban, la acompañaban a nadar en la piscina, a la peluquería, Rosa estaba siempre punto en blanco. Cuidaban su alimentación, la acompañaban a un centro comercial, a algún restaurante para comer por fuera. Le ponían cremas de Lancome para cuidar su piel, le leían cuentos, historias y alguna que otra novela.

En la primera cita recibí una nota de la hija de Rosa demandando: “espero que pueda ayudar a mi mamá a entender y a no enfadarse tanto”. Rosa se enfadaba porque en esos relámpagos de lucidez ella sabía que se estaban yendo sus recuerdos, su memoria y que no los podía agarrar, que los idiomas se confundirían en una nada, al igual que los pinceles, las pinturas y sus hijos.

Trabajé con Rosa en la estimulación hemisférica cerebral, visual, auditiva y sensitiva. Rosa tuvo una buena respuesta, con la creación de historias muy sencillas, e hiladas.

El trabajo de destreza fina la exasperaba, escribía como una niña de guardería y se ponía muy molesta cuando la invitaba a realizar ejercicios con módulos o elementos que efectivamente se utilizan con los infantes, ella se volvía agresiva y sacaba toda una artillería de mecanismos de defensa. “cuál es el sentido de qué hagamos esto”, se ponía furiosa y la única forma de sacarla de allí era con la música, algunas canciones del folclore italiano, le subían el ánimo y le cambiaban el chip.

Rosa seguía asistiendo a las sesiones con sus dos enfermeras, quienes juiciosamente traían los reportes de las enfermeras diurnas, las nocturnas y las del fin de semana, y el cumplimiento de las rutinas que yo solicitaba implementar en casa. Mis informes escritos y recomendaciones eran reiterativos: “Rosa necesita la compañía, el apoyo, el abrazo, la presencia, las conversaciones, escuchar música y realizar actividades con los suyos, su pareja, sus hijos, hablarle en los idiomas que ella ha manejado es una de las terapias que mejor puede ayudarla. El objetivo de la terapia es enlentecer, disminuir la velocidad o ritmo del proceso y avance de la enfermedad, pues cuanto más se utilicen las capacidades mentales y físicas de Rosa, más tiempo conservará las habilidades aprendidas antes de que aparecieran los síntomas de la enfermedad”.

Lo único que sujeta al enfermo de Alzheimer a la realidad a lo largo de todo el proceso es el afecto, y esa conexión afectiva es el hilo conductor que facilita la efectividad de los tratamientos y las terapias. Su familia nunca se hizo presente, todos nuestros contactos fueron por interpuesta persona.

Podía darme cuenta que Rosa se iba perdiendo en sus recuerdos, en sus memorias pero había algo que siempre traía a escena su esposo, lo nombraba con un amor, con ilusión de la adolescente montada en una nube, con añoranza, y me daba cuenta que él no estaba, como tampoco estaban sus hijos. Rosa no estaba recibiendo la contención afectiva de los suyos, las cinco enfermeras que tenía a su lado los 7 días de la semana las 24 horas del día no eran suficientes. ¿Qué podía hacer yo?, nada. Esas eran las reglas del juego: usted atiende a Rosa, nosotros la enviamos con su séquito de enfermeras y recibe su paga.

En ese momento de impotencia, me dolía ser psicóloga, ¿qué puedes hacer?, no tienes contestación, las recomendaciones reiterativas no se habían atendido. La realidad no era ninguna otra: No puedo hacer nada para llenar ese vacío que su alma reclama.

1Comment
  • Margara Arboleda G
    Posted at 12:57h, 16 Febrero Responder

    Sí, que dolor tan grande saber de la soledad de Rosa, la carencia de amor familiar en el momento en que su vida la reclamaba a gritos y el sentimiento de vacio en este caso del buen profesional que antes de serlo aprendio a ser un buen ser humano que siente profundo dolor ante las vicisitudes por las que pasa otro ser humano, los momentos de ambivalencia que sufre deben de ser asfixiantes. Este tema del alzheimer es demasiado fuerte, demasiado complicado que compromete a muchas personas y mas de uno puede salir seriamente afectado ademas del paciente. Sin duda se actuo dentro de las posibilidades, de la mejor manera. Un abrazo a la gran profesional y al excelente ser humano tras estas conmovedoras lineas.

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